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Catequesis

Virus ¿Castigo de Dios?

Virus” (del latín, amargura, baba, semen, hedor, veneno…) es, según la ciencia, un agente infeccioso muy pequeño, submicroscópico, que se reproduce dentro de las células de los organismos que infectan. Los virus son partículas mucho más pequeñas que una célula bacteriana, diminutos trozos de ARN (ácido ribonucleico) o de ADN (ácido desoxirribonucleico), encapsulados en una envoltura a base de proteínas (cápside), o protegen su material genético con una membrana derivada de la célula a la que infectan. Entran en las células huésped y secuestran las enzimas y los materiales de dichas células huésped para producir más copias de sí mismos. 

Los virus han existido desde que hay vida sobre la tierra. Son causantes de enfermedades en plantas y animales, aunque quizás haya también “buenos”, como el virus GBV-C, que infecta a los linfocitos del sistema de defensa y dificulta la acción del que provoca el del sida. Los virus han evolucionado para reproducirse dentro de la célula que infectan, porque no son capaces de hacerlo por sí solos, al carecer de la maquinaria molecular necesaria. Los virus han coexistido siempre con nosotros, habitan desde siglos o milenios nuestros ecosistemas. Entonces, ¿por qué a veces causan tantos daños, como ahora lo está haciendo el COVID-19?

Tanto en el mundo Oriental antiguo, como en la civilización grecorromana, cuando las enfermedades, o los males en general, no parecían tener explicación, se atribuían a seres extraños que intervenían en la vida de los humanos, los “daimonia” (“demonios”), la mayoría de las veces para perjudicarlos, aunque también proporcionaban beneficios. Así, en la lengua griega “felicidad” se dice “eudaimonia” (“¡buenos demonios!”). En esas culturas antiguas, de las que no están exentos algunos textos bíblicos, incluso de los evangelios, cuando los “daimonia” se enfurecían, atacaban con violencia al mundo y a las personas.

Al inicio de la tercera década del s. XXI, muchas respuestas que hoy necesitamos las tienen que dar las ciencias biológicas, como la virología. Sin embargo, es un hecho irrefutable que dichos agentes infecciosos llamados “virus”, atacan con más fuerza, cuando existe la intervención misma del ser humano, violentando la naturaleza, a veces incluso, generando esos virus en laboratorios (para experimentos o con el fin deliberado y criminal de causar daño). La mano manipuladora (con redundancia voluntaria) es la causante de los daños más severos.

Un ejemplo. Desde 1981, en Estados Unidos se especuló mucho sobre el origen del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH). Las primeras “teorías conspirativas” hablaban de accidente biológico o de complot armamentístico durante la Guerra Fría. Serias investigaciones, en cambio, situaron el origen de la pandemia desde la década de 1920, en el centro de África, para luego expandirse por el resto del Continente y por todo el mundo, a partir de los años 60’. Los primeros análisis del material genético del VIH mostraron que tenía una gran similitud con el VIS (virus de la inmunodeficiencia del simio), aunque no con los mismos efectos que tiene en los humanos. El VIH-1, causante de la pandemia, ha resultado estar muy relacionado con el llamado SIVcpz, que infecta a poblaciones de la subespecie centroafricana de chimpancés.

Aunque nadie sabe con certeza cómo el virus saltó de los animales al ser humano, los expertos piensan que lo más probable es que se trasmitiese, al entrar en contacto la sangre infectada de los monos, ya sea por heridas de los hombres durante las cacerías o por el consumo de la carne y la sangre de los simios. Otros, por su parte, creen que la infección fue provocada por contacto sexual directamente con los simios, en prácticas de bestialidad. De cualquier forma, sea por el contacto con sangre o semen, la responsabilidad (“culpa” para usar un término de corte moral) de que el VIH se trasmitiera a la especie humana y llegase a ser pandemia, no es de los monos, sino de los seres humanos mismos. Cualquiera de las dos formas son resultado de violentar la naturaleza.

Un factor importante para el contagio fue la movilidad de los humanos. La mejora en el transporte, las vías de comunicación y los cambios sociales hicieron que se expandiera por el resto del mundo. Hasta el punto de que, según datos de la OMS, cerca de 40 millones de personas viven con VIH a día de hoy.

Pero junto con la mejora en las vías de comunicación, que impulsó la movilidad, hay otros factores decisivos: los cambios sociales, los comportamientos sexuales inapropiados y la insalubridad, como la falta de esterilización de jeringas. Todos estos factores contribuyeron a convertir el VIH en una “epidemia catastrófica”, de alcances mundiales”. Es suficientemente claro que las causas principales son las acciones humanas.

La epidemia del VIH, como la del COVID-19, trascienden el ámbito médico, para ser a ser una cuestión multidisciplinar, sociológica, sicológica, económica, política y sobre todo ética o moral.

Se han formulado variadas hipótesis sobre  el origen del COVID-19. ¿Ha surgido el virus en la naturaleza, como creen la mayoría de los virólogos?, o ¿ha sido producido en un laboratorio como dicen quienes sostienen la llamada “teoría de la conspiración”? 

En el primer caso, si el origen está en el murciélago, en el pangolín, o en otro animal, la forma de la migración se ha dado por el consumo abusivo de animales exóticos, por parte de los humanos. Tiene que ver el modo de recolectarlos, tratarlos, matarlos y la forma de consumirlos (a veces crudos). En todo caso, la responsabilidad no es de los animales, ni de los virus en cuanto tal. Es de los humanos, que ejercemos violencia sobre la naturaleza. 

En caso de que el origen haya sido un cultivo de laboratorio, ¿se generó con fines terapéuticos o bélico-bacteriológicos? ¿Dónde? ¿El virus, se escapó de modo fortuito o deliberado? Cualquier respuesta queda en simple hipótesis. Pero es innegable, en cualquier caso, que el ser humano está siempre allí como agente principal del origen y propagación del mortal virus, que ha infectado a millones de personas en todo el mundo y ha cobrado la vida de cientos de miles. 

En cualquier perspectiva, el responsable de la pandemia es el ser humano. Desde el punto de vista moral, tenemos que recordar que todos los males que afligen a la humanidad tienen su origen en el pecado, que nace del corazón del hombre (cf. Mt 15,19; Sant 4,1). Mientras los humanos sigamos en nuestra soberbia e intransigencia obstinada por violentar la naturaleza y no respetar la Creación, ni respetarnos a nosotros mismos, seguirán cundiendo los males, las pandemias llegarán con más fuerza y continuará la autodestrucción. 

Pedimos a Dios que nos libre de la pandemia y de todos los males. Es correcto. Pero ni Dios, ni su creación tienen la culpa de ellos. Si Dios lo permite es por algo que podemos reflexionar más profundamente, pero no es castigo divino. 

Necesitamos ya superar muchas actitudes infantiles, como culpar a Dios de todo lo que sucede, o querer que él arregle lo que nosotros, irresponsablemente, descomponemos. Si deseamos ser personas maduras, también en nuestra fe, ¿No debiéramos comprometernos a asumir real y efectivamente nuestra propia responsabilidad? Dice un refrán conocido: “Dios siempre, perdona, el hombre algunas veces, pero la naturaleza nunca perdona”. Si cabe una nota marginal: “la naturaleza violentada, tarde o temprano, cobra factura”.

+Adolfo Miguel Castaño Fonseca,
Obispo de Azcapotzalco


¿Nostalgia del culto u oportunidad para el reencuentro con la Palabra?

Comisión Episcopal de Pastoral Profética

Dimensión Episcopal de Animación Bíblica de la Pastoral

La pandemia, que nos azota y flagela, al mismo tiempo que es una severa y crítica realidad, puede también representar una gran oportunidad para reinventarnos como humanidad, en muchos aspectos. Es ocasión para crecer en la solidaridad, la cooperación para el bien común, el respeto y el cuidado de la naturaleza, etc., pero también es oportunidad para repensarnos como comunidades de fe. Un período de la historia de Israel puede ser muy útil para nosotros aquí y ahora.  

No cabe duda que entre las experiencias que marcaron la historia del Pueblo hebreo, se cuenta la del destierro o del exilio en Babilonia.

Israel logró la consolidación de un reino, mediante la confederación de las tribus, llegando a la cúspide de su grandeza durante los reinados de DavidySalomón, en el siglo X a.C. Sin embargo, el esplendor no duró mucho. El reino de Israelse vio cada vez más a merced de las rencillas internas y más vulnerable ante sus poderosos vecinos.

Después de la muerte de Salomón, dividido el reino de Israel en dos facciones, el Norte y el Sur, los asirios aprovecharon la situación para conquistar el Reino Septentrional. El del Sur, con capital en Jerusalén, trató de mantener su independencia, pero no por mucho tiempo. Babilonia tenía metas hegemónicas, que propiciaron que lanzara su mirada conquistadora también hacia pequeño Reino de Judá. 

En el año 597 a.C., las tropas del rey babilonio Nabucodonosorentraron por vez primera en Jerusalén. Una importante cantidad de personas, pertenecientes a las familias más notables del país, fueron deportadas a Babilonia, incluyendo al rey mismo. Las deportaciones continuaron, entre los años 597 y 538 a. C., el tiempo que dominó el Imperio babilonio, desde la caída de Nínive (612 a. C.), hasta la llegada del Ciro, rey de Persia, (539 a.C.). En el 586 a.C., Jerusalén fue devastada y con ella, el templo construido por Salomón. En términos generales, se pueden contar alrededor de seis décadas de duración de una experiencia tan particular, difícil pero también muy fecunda.

El destierro fue duro en sí mismo. Una nueva realidad ponía a prueba a los israelitas para reinventarse como Pueblo de Dios, fuera de la tierra que el mismo YHWH les había prometido y dado en posesión. Aunque no se puede definir estrictamente el Exilio como un período de humillante esclavitud, porque varios hebreos lograron posicionarse como trabajadores agrícolas, incluso alquilando tierras, otros laboraron en la construcción, o hasta en la corte real, como Nehemías, sin embargo, sí se trastocaron sus vidas. Tuvieron que repensarse y reformularse en sus costumbres, en su praxis religiosa, en su fe misma. 

El exilio babilónico se habrá de recordar en la historia judía como un tiempo de nostalgia por la patria perdida. Pero también el episodio tuvo consecuencias decisivas en la configuración de la religión y de la identidad nacional judía. Los hebreos exiliados, al gozar de cierta libertad y de las disposiciones benévolas de algunos gobernantes, como lo atestigua el tratamiento de favor otorgado a Yoyaquim, rey legítimo de Judá (cf. Jr 52,32-34), tuvieron oportunidad de organizarse. Así fue como se pudo instituir y funcionar un consejo de los ancianos (cf. Jr 29,1; cf. también Ez 8,1; 14,1; 20,1). 

Al carecer del Templo y no poder siquiera acceder a los pequeños santuarios antiguos de culto (Siló, Sikem…), los exiliados tuvieron que pensar en una nueva forma de religión, al margen de casi toda acción cultual de ofrendas y sacrificios. No se quedaron en la nostalgia por el culto y en el gemido lastimero que dejaba una pérdida, sino que ejercitaron una muy fructífera creatividad. Dispusieron reunirse en asambleas de plegarias los sábados. Así fue como nació la liturgia sinagogal. La religión empezó a ser la “ofrenda de los labios y del corazón contrito” (Sal 51). La misma observancia de la Ley adquirió sentido cultual. Pero lo más importante de todo fue que la vida de fe tuvo como centro la Palabra revelada por Dios a su Pueblo. 

La cautividad de Babilonia puso a prueba la fe de un pueblo, que vio perdidas sus instituciones fundamentales: el templo, la tierra, la realeza y la unidad como nación. Sin embargo, lograron una fecunda labor de profundización espiritual, de relectura de sus tradiciones y textos sagrados, incluso de un lenguaje nuevo. Fue un período de intensa actividad literaria y teológica. Se desarrolló vigorosamente la corriente sacerdotal. El dinamismo generado, se proyectó más allá, en el período posexílico.Los exiliados establecieron un nuevo modelo religioso y político que ha marcado todo el devenir del pueblo judío incluso hasta nuestros días.

Parece que tenemos mucho que aprender de un Pueblo, que en uno de los períodos más críticos de su historia, logró que fuera favorable, al despertar la creatividad de su fe, en el Exilio. Tampoco nosotros podemos quedarnos anclados en el lamento por lo que ahora no podemos tener. Es verdad que necesitamos los sacramentos, especialmente la Eucaristía, también la Reconciliación, la Unción de los enfermos y todos los demás; necesitamos, con los funerales, celebrar la esperanza en la vida eterna, incluso extrañamos los actos de piedad como las bendiciones, procesiones, etc. Pero hoy tenemos una gran oportunidad: redescubrir la riqueza del alimento de la PALABRA. 

Los hombres y las mujeres de fe podemos, en nuestros hogares, en el ya tan sonado “quédate en casa”, retomar nuestras Biblias, a veces tan empolvadas. Podemos leer y orar, ya sea personalmente, pero sobre todo en familia, con la Palabra de Vida, que el Señor nos ha revelado. Nadie niega que la Eucaristía es alimento (y tiene cierta legitimidad que algunos pidan que se siga celebrando), pero también la Palabra de Dios escrita es alimento de vida. Un pastor luterano decía: “las comunidades cristianas protestantes, durante cinco siglos nos hemos alimentado de la Palabra, ella nos ha sostenido en nuestra fe”. Nosotros los cristianos católicos, somos más afortunados porque tenemos más alimentos. Pero ahora, al no poder recibirlos como de ordinario y, quizás, sin valorarlos lo suficiente, no debemos olvidar que también tenemos este alimento tan importante: LA PALABRA DE DIOS ESCRITA EN LA BIBLIA.  

+Mons. Adolfo M. Castaño Fonseca

Obispo de Azcapotzalco
Responsable Episcopal de la Dimensión Bíblica de la Pastoral

María del Socorro Becerra Molina, hmsp
Secretaria de la Dimensión Bíblica de la Pastoral